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Notas de Max Brod, amigo, albacea y ordenador de las obras póstumas de Kafka

Kafka, hombre personal y profundo, juzgaba desde un punto de vista muy especial la publicación de sus trabajos. No es necesario exagerar la importancia de las cuestiones que planteaba. El modo como aludía a esta cuestión no debe dejar de orientarnos en la edición de sus obras póstumas. Ofreceré algunos detalles para intentar juzgarlo.

Casi todo lo que Kafka ha publicado ha sido necesario que le indujese yo a hacerlo con paciencia y recursos verbales. Lo que no es óbice, por lo demás, para que durante largos períodos de su vida se haya sentido satisfecho por haber escrito “garabateado”, como decía. Todos los que tuvieron la suerte de oírle keer sus libros en un reducido círculo de amigos, con aquella pasión, ritmo y vida que es difícil que algún actor alcance, han asistido a la alegría de crear y a la pasión que late en su obra. Si renegó de ella, era sobre todo por ciertas tristezas que le llevaban a negarse a sí mismo y le arrastraban al en lo que se refiere a su publicación, pero también, aparte de esto porque -pese a que nunca lo manifestó- quería que su obra estuviese al nivel de sus preocupaciones religiosas. Estraída como había sido a las conclusiones de su alma y de su espíritu, no respondía completamente a ese ansia.

Que a pesar de ello pudiese ayudar honradamente a muchos espíritus deseosos de verdad y de salud moral, carecía de importancia para él, que buscaba el camino perfecto para sí mismo con tanta gravedad que intentaba convencerse a sí mismo antes de hacerlo con los demás.

Así entiendo personalmente la postura negativa de Kafka en relación a su obra. Muchas veces aludía a “manos malignas que se extienden hacia el que escribe”, a que lo que tenía escrito y publicado le perjudicaba en su trabajo posterior. Debía vencer muchas resistencias antes de decidirse a publicar un libro. Pero eso no le privaba de experimentar una gran satisfacción al ver sus hermosos libros ya terminados, e incluso al saber los resultados que obtenían. Tuvo momentos de serenidad en la manera como consideraba tanto su obra como su persona, momentos en que las vio con mirada más favorable, siempre con cierta ironía, tras la que se escondía el poderoso sentimiento del hombre que aspira sin condiciones a la gloria.

Entre los escritos que dejó no se ha encontrado ninguna clase de testamento. En su mesa de trabajo, mezclado con otros papeles, se encontró un papel escrito a mano y doblado con mi nombre y dirección. Decía así:

Aquí está, querido Max, el último favor que te pido: todo lo que pueda encontrarse en lo que dejo tras de mí (en mi biblioteca, en mi armario, en la mesa del despacho, en la oficina o en cualquier otro sitio), me refiero a cuadernos,manuscritos, cartas personales o no, etc., debe ser quemado sin excepción ninguna y sin leerlo. También todo lo que tú tengas mío: notas, escritos. Lo que tengan otros se lo pedirás. Si no te lo quieren devolver, por lo menos trata de que lo quemen. Tuyo de corazón.

Franz Kafka.

Rebuscando apareció una hoja ya amarillenta, cuyo textom escrito con lápiz, era el siguiente:

Querido Max:

Me temo que esta vez no me recupere. Quizá tenga una neumonía después de un mes de fiebre pulmonar; a pesar de que lo escribo no lo puedo evitar, aunque pueda influir en algo. Esta posibilidad me obliga a hacerte saber mi deseo póstumo con respecto a todos mis escritos: “Conservar únicamente los libros siguientes: Urteil, Heizer, Verwandlung, Stafkolonie, Landarzt y Hungerkunstler. (Los pocos ejemplares de la Betrachtung no hace falta destruirlos. Es un trabajo menos, pero que no se reimprima.) En cuanto a los cinco libros y el relato que pueden conservarse, no significa que quiera que se reimpriman para la posteridad; todo lo contrario, si desapareciesen completamente, se cumpliría mi deseo. Pero ya que existen, si alguien quiere conservarlos que lo haga.

En cuanto a los demás escritos (todo lo que ha sido publicado en revistas, los manuscritos, todas las cartas), todo lo que logres encontrar o conseguir de aquellos que los tengan (conoces a la mayoría, sobre todo a N.N., y no olvides sobre todo algunos cuadernos que posee N.), todo ello debe quemarse, sin excepción alguna, y con preferencia sin ser leído. (Si quieres echarle un vistazo, me parece bien; pero nadie más que tú debe verlos.) Te ruego hagas esto cuanto antes.

Franz.

Si me niego a ejecutar lo que de una manera tan categórica me ha pedido mi amigo, es porque creo tener razones poderosas para ello. Bastantes de las mismas no podrían ser ventiladas en público. Pero las que expondré son suficientes, a mi entender, para justificar mi decisión.

Razón primordial: cuando en 1921 mudé de profesión, le dije a Kafka que había hecho un testamento en el que le pedía que destruyese ciertas cosas, que otras las guardara, etc. Cuando me oyó, me enseñó el papel escrito con tinta que apareció más tarde en su mesa y me dijo: “Mi testamento será muy simple. Te ruego que lo quemes todo.” Recuerdo cual fue mi respuesta: “Si piensas seriamente que seré capaz de hacerlo, te digo desde ahora que no lo haré.” Y la conversación continuó en el tono de broma que acostumbrábamos, pero con la fundamental seriedad que presuponíamos el uno en el otro. Estando convencido de lo serio de mi respuesta, Franz debería haber elegido otro ejecutor de su última voluntad, si sus propias disposiciones hubieran sido irrevocables.

No le agradezco el habeme dejado este doloroso caso de conciencia, ya que conocía el culto que tributaba yo a todo lo suyo y que me ha impedido durante una amistad sin alternativas publicar la menos nota o carta postal suya. No quiero que se interpreta equivocadamente mi “no le agradezco”. ¡Qué puede significar, por penoso que sea, un caso de conciencia, comparado con la inmensa felicidad que debo a un amigo así, que fue el más grande apoyo de toda mi existencia intelectual!

Otras razones […]

Max Brod

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